Tan sólo tú

 

El Ruido y la Furia de William Faulkner

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“La armonía en el caos”, esa sería mi definición de “El Ruido y la Furia”, un libro creado de pensamientos, transcripciones de palabras pensadas, nunca pronunciadas, materializadas gracias a la pluma del escritor.
Personajes que piensan, sienten, reflexionan… De pensamientos a recuerdos, de recuerdos a reflexiones… Tal vez para algunos un discurso de pensamiento difícil de seguir, pero para mí tan familiar como el reflejo de mi cara en un espejo.

Inspirado en un verso de “Macbeth” de Shakespeare (el discurso de un idiota) “El Ruido y la Furia” puede resultar un libro difícil de leer si nos acercamos a él con la mentalidad con la que leemos cualquier libro al uso, es por eso que en este caso más que en ningún otro creo importante, sino vital, hacerse con una edición con un buen prólogo, que nos de las claves de su estructura antes de empezar a leer. (Soy una ferviente defensora de los prólogos, esa parte de los libros sumamente interesante la mayoría de las veces y que casi todo el mundo se salta).

Un retrasado, un suicida enamorado platónicamente de su hermana, una hermana díscola con ganas de escapar, un hermano tirano y egoísta, una madre chantajista emocional, una familia de negros que cuidan de esa familia que no es la suya como si fuera la suya, o aún más que a la suya propia… Todos estos personajes irán apareciendo.
A la mayoría los conoceremos desde su interior, desde las cosas que no dicen. A otros desde lo que sí dicen pero sus actos contradice.
Un collage fascinante, una lectura que atrapa.

Con “El Ruido y la Furia” de William Faulkner me pasó algo que sólo me ha pasado con “La Montaña Mágica” de Thomas Mann, ese sentimiento de estar frente a alguien que te comprende. No tiene que ver con algo a nivel intelectual, ni siquiera espiritual, tiene más que ver con ese instinto que hace que un animal reconozca a otro de su misma especie. Y ese sentimiento se afianzó a medida que iba leyendo el libro, sobretodo al ir descubriendo el trato que Faulkner daba a los personajes, los más nobles tienen ese pensamiento en apariencia divagante, mientras que los más mezquinos y ruines tienen un pensamiento más lineal y aparentemente coherente. Fue como sí Faulkner, desde donde quiera que esté hiciera un guiño cómplice a través de su libro.
Sí William, capté el mensaje.

Edgar Degas

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Blue Dancers, c.1899

“El eterno femenino nos impulsa hacia arriba.”
Johann Wolfgang von Goethe


“El eterno femenino" de Goethe ha sido interpretado como la idea de belleza que está en todas las mujeres, como lo verdaderamente femenil, el principio del amor y de la gracia en su más cumplida integridad, puente y guía hacia lo Divino, como la esencial e irrenunciable feminidad”

Siempre he relacionado la figura de las bailarinas con “el eterno femenino” de Goethe, representación de la feminidad en su sentido poético, y creo que Degas ha sido el que mejor ha captado esa idea.

Y fuera de interpretaciones poético-filosóficas, los cuadros de Degas dedicados al ballet transmiten, pincelada a pincelada, la sutileza y sensibilidad que el ballet representa, a través de sus bailarinas al pastel.

En este cuadro aparece la dirección desde la que podéis acceder a la obra de Degas, os recomiendo la página, un lujazo para los amantes de este pintor.

The Star, c.1878

MUERTE EN VENECIA ( Morte a Venezia, Luchino Visconti, 1971 )

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Del amor y de la muerte

Un amor, que en él mismo, contiene todos los elementos que lo forman, no tiene sentido, ni explicación, contradice la razón, pero ahí está y no se puede hacer nada.
Lo ve paseando por la playa y todo se transforma, y su imagen aparece frente a él con una belleza casi perfecta, de esa que hace rechinar las emociones, porque a veces la perfección chirría.
Y cuando ese "David" sonríe, la luz del sol ilumina la playa, y acabamos viendo un cuadro de Sorolla, y él piensa, ¿por qué no? Pero es tan joven.... Y además es un hombre.... Pero lo vuelve a mirar, y aparece de nuevo su belleza, una belleza ambigua, que nos hace comprender, porque él lo ama, a pesar de todo y de todos.

Y aparece la muerte, la huesuda amenaza, y todos se alejan, y su razón le dice que debe alejarse, y lo intenta, pero ya es demasiado tarde. Su corazón ha decidido que aquel es su lugar, a pesar de los peligros. Y él no quiere vivir sin corazón, aunque tenerlo y aceptar sus designios sea peligroso y doloroso. Y la muerte sonríe, porque sabía que tenía la partida ganada, y que él no se alejaría.
Pobre diablo, tu amor será tu condena y pronto te reunirás conmigo.

Y al final un poema, un lienzo que nos muestra el horizonte con el sol recortando la figura del ser amado y las olas acariciando la orilla. Y el "David" señala un punto en el horizonte, y suena Mahler, y él lo mira, mientras su corazón late cada vez más despacio, tal vez porque no pudo resistir tanta belleza (otros dirán que fue el cólera, quien sabe), tal vez porque no puede imaginarse una manera más bella de morir, o simplemente la huesuda decidió hasta aquí llegamos.

No hay nada de poético en la muerte, eso lo sé desde hace mucho, pero la escena final de esta película me parece la forma más poética de reflejar la muerte que he tenido la oportunidad de ver.

Él arriesgó y murió, pero amó, con un amor puro. Y tal vez fue en Venecia donde encontró el verdadero amor.

"Muerte en Venecia”, una adaptación magistral de un libro difícil de adaptar, por la genialidad del autor, por la profundidad de los conceptos.
“Muerte en Venecia”, una película de una belleza plástica sólo comparable a "Barry Lyndon" de Kubrick.

“Aquel que ha contemplado la belleza está condenado a seducirla o morir”

EDWARDS, CAPOTE Y DIAMANTES

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Hasta siempre, señor Edwards...


“¿Conoce usted esos días en los que se ve todo de color rojo?
¿Color rojo? Querrá decir negro.
No, se puede tener un día negro porque una se engorda o porque ha llovido demasiado, estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe por qué.”


“Los días rojos son terribles y en esos momentos lo único que me viene bien es ir a Tiffany's, porque nada malo me puede ocurrir allí.”

Entre lo hipnótico y lo fascinante el brillo de los diamantes atrapa con sus destellos, destellos que encierran otros destellos, que recuerdan a otros destellos, constelación de estrellas brillantes que las olas mecen. Sí, nada malo te puede pasar en un lugar donde los destellos del mar quedaron atrapados en unas aristas que centellean en transparente multicolor…

El peor de los miedos es el miedo a sentir miedo… Por eso son tan terribles los días rojos, días en los que sus miedos pasados regresan, tiñendo de cruda realidad en rojo su frágil presente de fantasía. Por eso, cuando aparece uno de esos días rojos ella sigue el camino de baldosas amarillas que la lleva a su Ciudad Esmeralda…


Fascinantemente elegante, de Givenchy, con collar de perlas y peinado sofisticado y chic, desayunando en Tiffany’s… Cautivadoramente hipnótica, mezcla de fragilidad y ternura, cantando Moon River en el marco de una ventana…. El verdadero diamante de la película de Edwards es Audrey Hepburn, por eso Edwards eligió para su Holly un final con beso bajo la lluvia, salvándola de ella misma…

Por eso la Holly de Edwards tiene un final de película…




La Holly de Capote tiene muchas más sombras que la de Edwards, el brillo de los diamantes la ciega más que la ilumina…
Y en su intento inútil por hacer desaparecer aquella que fue, sus pasos la llevarán por un camino que nunca tuvo baldosas amarillas y descubrirá que cuando tratas de olvidar quien fuiste acabas perdiéndote en una búsqueda estéril por saber quién eres…

Las Hollys del mundo jamás podrán pertenecer a un lugar, nunca pertenecerán a nadie, esa opción se la negó la vida.
Y en su constante huída hacia delante, no habrá beso bajo la lluvia, nadie podrá salvarlas de ellas mismas…

Las Hollys del mundo, como la de Capote, no tienen un final de película…